Ella los llamaba los días grises, días en los que la carretera se llenaba de coches y el humo que desprendían se fundía con el color de las nubes, la lluvia te calaba los huesos y la gente corría para refugiarse. Odiaba esos días, al contrario que yo. Hoy es uno de esos días, echo de menos sus quejas, cuando entrabamos a la cafetería de su madre y ella nos preparaba un chocolate con churros. La cafetería no tenía nombre. La madre de Eva quería que su cafetería se llamara de modo que trabajar allí le alegrara el día.
Me disponía al funeral de una gran amiga, yo estaba muy triste, como una flor marchitándose, poco a poco; pero no solo por el hecho de que hubiera fallecido una amiga a la que apreciaba como a una hermana, si no porque había visto como Eva era atropellada, cosa que no había podido evitar.
Ya en la iglesia, Elena, la madre de Eva, estaba llorando, cuando me vio entrar por la puerta, se me acercó con los brazos bien abiertos a darme un abrazo. No pude evitar echarme a llorar.
Tras la misa, Elena, mucho más calmada se dirigió hacia mí:
- Me he decidido, mi cafetería se llamará Eva.
Ella se marchó y yo me quedé sola, apoyada en un muro, viendo a la gente pasar. Eva solía decir, que tras la envoltura superficial de las personas, estas tienen corazón, y sentimientos, y no le quito la razón.
Al volver a mi casa, vi una melena morena y rizada ondeando en el viento. ¡Eva! Corrí hasta ella y le tiré del brazo.
-¡Eva!- grité con una sonrisa en la cara-
-¿Qué?
-Perdón.
Tenía que asumir que Eva ya no estaba. Con ella todo era diferente, el mundo sonreía, no había lágrimas que valieran la pena, ¡todo tenía solución! Alcé la vista y me encontraba en un barrio desconocido. Pronto vi que estaba en la frontera de la ciudad, un lugar no muy recomendable. Eva me dijo una vez que había que perderse para encontrar sitios lugares que no existen. Llegué a mi casa, ya era muy tarde. Me pesaban las piernas, los brazos, la cabeza, creo que hasta el alma; demasiadas experiencias para un día que, si estuviera Eva, hubiera sido el día perfecto. Supongo que hay cosas que tienen que pasar. Espero que nadie pase por lo mismo que yo.
Salí al balcón de mi habitación, y descubrí una estrella, diminuta, pero que brillaba como la más grande, con todas sus fuerzas, justo como el corazón de Eva.
Y es que, dicen que hay gente, que deja huella. Personas que caminaron entre gigantes, insignificantes para estos últimos, grandes para otros más pequeños aún. Son de estas personas que con una sonrisa hacen que te sientas importante. Dicen que los nombres se olvidan y se pierden con el viento, los actos puede que se marchiten, pero permanecen con nosotros, en lo más profundo de nuestros corazones. Y hay una Eva en cada uno de nosotros, solo hay que llamarla, despertarla, y entonces todo será como debería haber sido desde el principio. Ahora me toca a mí ser quien hace feliz, quien saca las sonrisas, quien roba los abrazos. Ahora te toca a tí ser feliz.
Fin.